Por Alexander Gómez
Apolinar Zarante, conocido durante décadas como “El Espartaco”, recordó uno de los episodios más peligrosos de su carrera como luchador profesional: una caída que le provocó una lesión en el cuello y que, según le explicó un médico años después, pudo haberlo dejado paralizado de la cintura hacia abajo.
Zarante relató que durante una lucha fue lanzado por encima de la tercera cuerda y cayó con el cuello sobre el filo de un banco en el Parque Eugenio María de Hostos. En ese momento no comprendió la gravedad del golpe.
“No me di cuenta hasta que fue enfriándose el cuerpo. Y yo fui sintiendo ese dolor, sintiendo ese dolor”, recordó el exluchador al ser entrevistado por Alberto Rodríguez y Franklin Núñez para “Hablan los Expertos” en Color Visión, Canal 9 de Santo Domingo.
El Espartaco explicó que acudió al médico unos 10 años después del accidente. El diagnóstico reveló que se había fracturado un cartílago en la zona afectada y que, de haberse producido la lesión de otra manera, el daño pudo haber alcanzado la médula espinal.
“Si esa parte, en vez de romperse y quedarse ahí, corta aquí, me hubiera cortado la médula espinal y yo hubiera estado inválido de aquí para abajo”, relató.
A pesar de que asegura que actualmente aquella lesión ya no representa un peligro, Zarante todavía siente las consecuencias del golpe. “Hoy en día siento ese pequeño dolor todavía”, afirmó.
El relato también puso sobre la mesa las condiciones en que trabajaban los luchadores dominicanos durante aquella época.
Zarante explicó que no tenían seguro médico, aunque en numerosas ocasiones las empresas o médicos que eran seguidores de la lucha ayudaban con la atención.
Para El Espartaco, aquellos riesgos formaban parte de una profesión que exigía una disciplina casi militar. Recordó que los luchadores entrenaban martes, miércoles y jueves, mientras las presentaciones se realizaban principalmente los fines de semana.
También destacó la exigencia física de los entrenamientos y la resistencia de figuras como Jack Veneno.
Zarante comenzó a acercarse a la lucha libre siendo niño, después de quedar impresionado por las películas de Santo, el Enmascarado de Plata. Posteriormente entrenó en el Club Simón Bolívar y comenzó a relacionarse con luchadores profesionales de la época.
Su debut profesional, según recordó, ocurrió a comienzos de la década de 1970.
Con el tiempo se convirtió en uno de los rostros más reconocibles de aquella generación. Su estilo técnico, sus patadas voladoras y, especialmente, su llamativo vestuario ayudó a construir el personaje que todavía permanece en la memoria de los aficionados.
Pero más allá de las cicatrices y los golpes, El Espartaco aseguró que la lucha libre le dejó algo que considera mucho más valioso que cualquier pago: el cariño del público.
“Cada vez que una persona de ustedes me mira, yo siento ese cariño y ese aprecio. Eso no tiene precio”, dijo.
Su recuerdo resume una época en la que la lucha libre dominicana era un espectáculo de masas, con grandes carteleras en el Parque Eugenio María de Hostos y presentaciones que, según los entrevistadores, podían reunir miles de aficionados.






















